La penetraba fuerte, sin parar, y sus gemidos llenaban todo el cuarto. Le ordenaba cambiar de pose, abrirse más, gemir más alto, y lo hacía sin dudar. “Dilo, que eres mi puta trans, mi sirvienta de verga”, le decía mientras la azotaba y la usaba en cada ángulo. Entre gritos, gemidos y su cara de puta sumisa, me rogaba que no me detuviera. La dejé marcada, usada, humillada y completamente rendida
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